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miércoles, 4 de mayo de 2011

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El arte de comprar, usar y tirar



Alan Muñoz Medina

Seguramente nos ha pasado alguna vez el hecho de que sale más barato comprar algo nuevo que repararlo, a pesar de que nuestro artículo tenga poco tiempo en nuestra posesión, pues bien, ésto se llama obsolescencia programada.

Actualmente todos somos víctimas de ella, sin excepciones, desde el más crítico hasta el más manipulable, y es que la obsolescencia programada se ve en todo lo que compramos a diario y a final se descompone.

Aquí no es cuestión de ver si necesitamos algo o no, pues la obsolescencia surge dentro de la sociedad de consumo ya instaurada, aquí la cuestión era vender lo mismo una vez que ya me han comprado.

La idea seguramente suena mal actualmente, pero bajo el contexto en que surgió podría parecer que no, y es que en medio de una crisis económica, debía inventarse un método para mantener activas las ventas.

La solución, la obsolescencia programada, los primeros villanos detrás de ella, fueron los productores de focos, quienes ante las bajas ventas vieron el reducir la capacidad de sus filamentos como la opción de relanzarse al mercado.

Sin embargo, el nuevo ministerio del mal capitalista caería en una ambición que terminó contagiando a todas las demás empresas, fue así como poco a poco la calidad de los productos cayó sin dar explicaciones.

Después, la economía ya estaba reactivada, y con ella el nuevo concepto en funciones latentes, concepto, que afectó a las nuevas innovaciones, como lo fue la tela de poliéster en las medias de mujeres.

Ahora las empresas innovaban y creaban nuevas tecnologías, pero cuando éstas superaban los estándares de calidad, sus fabricantes se veían obligados a investigar en perjuicio de su invento, bajando la calidad de ellos paulatinamente.

Es así, como el cinismo supero la calidad de producción, y ahora la gente se veía condenada a comprar basura en bruto, pues a todos los productos les hacía falta ser pulidos para mostrar su verdadera cara.

El avance de tecnologías, también significó un retroceso para el bienestar de los clientes, pues ahora no era tan necesario diseñar el método para descomponer un aparato, ya que ahora basta con un simple chip para lograr ese cometido.

Indicios para lograr la presente afirmación no falta, pues las impresoras se convirtieron en ejemplo claro de ello, ahora dentro de ellas traen un chip que al llegar a determinado número de usos terminaban por descomponer el aparato.

Lo grosero de ésto sería, cuando muchas empresas en su afán de ofrecer obsolescencia programada como producto, empezaron a descontinuar el servicio a sus productos, como fuera el caso de los primeros Ipod.

Éticamente hablando, la sociedad de consumo obligó a tomar dicha medida para mantenerse, sin pensar que en un futuro no muy lejano, el mundo sufriría los estragos de la contaminación generada por la obsolescencia programada.

La gente ahora compra relleno para basureros, a corto o largo plazo, pues el único futuro que sus productos tienen asegurados es formar parte de dichos recintos de ratones y pepenadores en búsqueda de comida.

Lejos de que la solución al problema esté cercana, lo cierto es que tomar un nuevo modelo de producción podría ser el soplo de aire fresco que tanto busca al mundo, ya que está demostrado que producir durabilidad, no es imposible.


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